CUANDO LO QUE OCURRÍA ERA TAN ÚNICO QUE TENÍA QUE VOLVER A SUCEDER. Sobre “Las razones del tiempo”, de Raquel Jadusliwer

Por Claudio Archubi—


La física nos enseña que un cuerpo nunca toca a otro. El contacto siempre es por fuerzas que actúan a distancia en el vacío que nunca está completamente vacío. Los poetas, desde los Himnos a la noche de Novalis, donde se canta a la amada muerta, nos enseñan que el tiempo produce la ausencia, y la ausencia es una distancia que incrementa el amor. ¿Pero cómo imaginar la ausencia? ¿No está cerca de la nada la idea de la ausencia?: “para poder imaginar la ausencia/ pienso en largos caminos/ en distancia. Pero esa no es la ausencia/ es tan solo la tristeza, nos dice la poeta argentina Raquel Jadusliwer en el exquisito poema de apertura a su libro Las razones del tiempo (2018).

El ser deviene en presencia. La presencia deviene en ausencia, la ausencia, en nada. Dice Raquel: “solo se escucha el viento en la batalla perdida. Y más adelante: los dioses ya han sido retirados. El fulgor se nos ríe en la cara”. Porque si intentamos tocar esa nada, nos vemos distraídos por el brillo de la presencia: “una estrella que te ocupaba el alma te guiaba por fuera y te cegaba por dentro”. Y así, como nos anticipa el poema de apertura, nos estrellamos como “insectos contra un vidrio impasible atravesado por la noche”. Inventamos con nuestra mente círculos metafísicos para esquivar la muerte: el tabú occidental de la muerte: “para poder imaginar la ausencia/ pienso en mi madre que contaba con cuarenta y dos años/ el día en que murió”.

La mayor parte del pensamiento occidental se apoya en la presencia. Recordemos la advertencia de la diosa de la justicia en el poema de Parménides: el camino del no ser está vedado. La nada, dice Hugo Mujica, es como el agua que se intenta capturar con las redes del lenguaje. Siempre se escapa por los intersticios. Dice Raquel: “¿Qué se llevó el oleaje? (…) Todo lo que está escrito también será borrado”. Dios no tiene imagen en la Torá. Es muy parecido a una ausencia. Sólo los místicos y los poetas se atreven a buscar el contacto con la nada. Nos decimos: la nada es quizás el espejo donde se mira dios. Pero tampoco es eso. La ausencia es quizás el puente para cruzar a la nada: “Todo ha de ser cruzado”, nos dirá más adelante Raquel.

El tiempo es la tragedia del hombre. El ángel de la Historia da vuelta la cabeza y ve una infinita acumulación de escombros. Pero del tiempo, nos dice Raquel: “insisten sumergidas las señales del fondo y se vuelven inciertas como una despedida”. Y después nos describe en otro bellísimo poema, tal vez el punto más alto del libro, cómo descubre la música a través de una historia que le cuenta su padre. La música es el tiempo mismo, su oleaje hecho presencia en la voz amada de su padre: “quizás por eso hoy escucho a los muertos que cantan/ todavía”.

Como sucede al personaje en un cuento de Borges, sospechamos que la inmortalidad nos sumergiría en el aburrimiento profundo: esa sensación que según Heidegger nos aleja de la nada y nos acerca a la intuición del todo como algo indiferenciado, que no suscita motivaciones. Pero la realidad brilla de finitud: “…esa luz exhausta/ será tu trabajosa obra maestra/ justo en el filo y contra la rompiente”.

A veces alguien se va. Deja una caja repleta de fotos que caen en manos desconocidas. He visto esas cajas desechadas en las veredas de San Telmo, como un fragmento de realidad que se pierde. Y tengo la sensación de ser el actor secundario de una vieja película. El canto de Raquel se asemeja a primera vista a esas fotos en sepia que brillan bajo el sol de la tarde dispersadas por el viento: “en sepia/ como vos/ de esa manera regresaba mi padre desde la sombra”. Pero va más allá, nos habla desde los límites de la memoria, allí donde esta se toca con los fundamentos arenosos del Ser. Sobre esta arena el canto de Raquel asciende y desciende con el ritmo lento de las mareas. Es un canto pendular, va y viene hasta la quietud y allí, por debajo de las pérdidas, intenta poner su lupa, para ver hasta qué profundidad brilla el agua del tiempo. Pero en este canto, el tiempo no es tiempo recobrado. El tiempo es la música misma del oleaje de la vida. Es así como se fundan Las razones del tiempo: “cuando lo que ocurre es tan único que tiene que volver a suceder”.


Raquel Jadusliwer, Las razones del tiempo, Editorial Lisboa, 2018.

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