Retrato bífido del totalitarismo. Sobre “Under the sun”, de Vitaly Mansky.

por Gabriel Payares—


“Una mezcla de prisión y jardín de infancia. Eso es el socialismo.”

Svetlana Alexiévich

 

Una familia sentada a la mesa, en su luminoso departamento de piso de parqué: padre, madre, hija. Sólo el primero y la última conversan. La mesa contiene envases blancos, repletos de alimentos que no logramos distinguir, ni siquiera cuando los palillos los llevan a la boca; pero se nos da a entender que contienen tradicionales kimchi coreanos, preparados a base de coles, rábanos o pepinos que, según el diálogo que presenciamos, contienen todas las vitaminas necesarias y, además, la sorprendente virtud de prevenir el cáncer y el envejecimiento. La escena podría ser de una publicidad de muy bajo presupuesto, de no ser por los dos retratos clavados a lo alto en la pared: Kim Il-Sung, creador de la ideología Juche y padre de la patria, y su hijo Kim Jong-il, sucesor a la silla presidencial y padre, a su vez, del actual gobernante de Corea del Norte, Kim Jong-un. El diálogo acartonado y antinatural culmina sin que se llegue a dar la voz de corte, y acto seguido somos testigos del encuentro entre la pequeña Zin-mi y quien uno asumiría es el director de aquel comercial de comida coreana: un hombre de gafas y gorra marrón que de inmediato la instruye a “no actuar como si estuvieras en una película. Actúa normal, como lo haces en casa”.

Estas suposiciones, no obstante, distan mucho de la verdad del caso. No se trata de un comercial, aunque sí de una pieza de propaganda, y el hombre de gafas no es el director sino un emisario gubernamental, cuyo trabajo es conducir la filmación de Under The Sun (2015), del cineasta ruso Vitaly Mansky, según los lineamientos del partido. Un proyecto cinematográfico que había sido no sólo revisado y aprobado por el gobierno norcoreano, sino provisto por ellos mismos de un guion conveniente, de locaciones permitidas y del estricto acompañamiento del caso. Así, era el hombre de gafas y gorra quien daba las voces de corte, quien instruía a los actores a actuar “con más patriotismo” y quien decidía qué saldría y qué no en la pantalla.

Los realizadores extranjeros (léase: el director, la camarógrafa Alexandra Ivanova y un sonidista, pues a nadie más  se le dio permiso de entrada al país), sometidos a tales parcelas de censura, sin poder abandonar el hotel sin su respectivo “guía” norcoreano, ni poder siquiera hablar directamente con sus actores durante sus 45 días en Corea del Norte, optaron entonces por una pequeña rebelión: dejar la cámara correr después de que se hubiese impartido la orden de corte. Una desobediencia que implicó luego otra mayor: filmar en dos cartuchos de memoria a la vez y esconderse uno en los pantalones, para evitar la posterior confiscación del material en bruto. Gracias a esta acrobacia es posible ver hoy el rostro bajo la careta, bajo la forma de un perturbador documental.

Se trata, claro, de un rostro incómodo para el país de la “gente más feliz de la Tierra”: ciudadanos tristes, resignados, aplastados por los niveles de exigencia inalcanzable a que se les somete, en una comparación incesante con la mítica y a todas luces exagerada narración de las hazañas del amadísimo líder, autor por igual de la independencia frente a japoneses y estadounidenses, de canciones y obras literarias, e incluso de los hospitales en los que se atienden o las casas que habitan. Frente a semejantes muestras de generosidad y sacrificio, ¿cómo podrían atreverse a estar, excepto felices?

El propio Mansky asevera que ese chantaje es uno de los aspectos más difíciles de digerir de la experiencia norcoreana. “Desde el exterior, se asemeja a la Unión Soviética de 1930”, explicaba en una entrevista para el Screen Daily en 2015, “Pero si te acercas, notas una diferencia crucial: en la Unión Soviética teníamos cultura –teatros, librerías, cine-. Y los soviéticos eran pensadores críticos, se quejaban si había algo que les disgustaba. En cambio en Corea del Norte están desprovistos de esas memorias culturales. Todo el mundo luce satisfecho, contento con el modo en que las cosas están”[1].

Under the Sun es una experiencia de la repetición, dado que muchas tomas deben hacerse y hacerse de nuevo hasta alcanzar el ideal propagandístico de los censores, cada vez más inverosímil. El resultado es una poética de la mecanización de la vida, del control político sobre la subjetividad, que conduce a una sensación de irrealidad no sólo del filme, sino también de la sociedad que al mismo tiempo muestra y esconde: un pueblo que aspira a devenir un engranaje total, comprometido y, sobre todo, eficiente. Así lo sugieren las cifras anunciadas en cada intento sucesivo de una misma toma, en la que un improbable supervisor anuncia incrementos porcentuales de 20, 30 o 40 puntos en la producción, siempre por encima de la cuota mínima exigida por el gobierno. Como si los censores estuvieran indecisos entre cuál cifra de superávit resultase más convincente o, acaso, conveniente para su mirada épica e infantilizante de la nación.

La excusa argumental para este experimento cinematográfico es la entrada de Zin-mi a la Unión Infantil de Corea, suerte de organismo escolar premilitar, y la elaboración de un retrato de una familia “típica” de Pyongyang, en un momento en que la economía local pareciera, finalmente, empezar a levantarse de la lona. El verdadero retrato obtenido, en cambio, gracias a la audacia de los cineastas rusos, habla de la tristeza de una nación atrapada en su relato de sí misma, de la cual Zin-mi resulta ser, en medio de lágrimas clandestinas que limpia su implacable profesora de danza, una metáfora perfecta. “Dígale que no llore”, insiste entonces, desde fuera de cámara, la voz del censor.

Después de ver Under the Sun queda una sensación desconcertante, al no poder distinguir las tomas planificadas según el guion oficial (resemantizadas en esta suerte de director’s cut) de aquellas espontáneas que pudieron hacerse de la ciudad, de los entrevistados callejeros (aprobados también por los censores), o de los dramáticos violines añadidos en algunas escenas, y que se muestran infelizmente igual de viciados que el contenido impuesto por el régimen. Una traición menor, si se quiere, al compromiso con la verdad de los documentalistas, pero al mismo tiempo una oportunidad para cuestionarnos el lugar del artista frente a los crecientes totalitarismos de nuestra época. Mansky, autor de otros documentales como Patria o muerte (2011) en torno a la Cuba posrevolucionaria, pareciera tener bien en claro ya su respuesta.

[1]Entrevista disponible en: https://www.screendaily.com/features/qa-vitaliy-manskiy-and-simone-baumann-under-the-sun/5097023.article

under the sun poster


Under the sun, Vitaly Mansky, Rusia, Alemania, República Checa, Letonia, Corea del Norte. Deckert Distribution, Icarus Films, 2015. Trailer oficial

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