¿QUIÉN LLEVA AURICULARES A UN RECITAL? Una crónica del festival Soundhearts Buenos Aires 2018

Por Benjamin Carabajal—


Ya pasó un año desde que compré la entrada para el festival Soundhearts y finalmente es sábado 14: es el día en que voy a ver a Radiohead en vivo.

Hay gente que esperó más, mucho más que yo: siempre supe que la banda andaba por ahí, pero recién empecé a escucharla con detenimiento en 2011, pienso mientras paso por las interminables filas y los controles para entrar a Tecnópolis. Después de eso, todavía tengo que caminar un buen trecho hasta llegar al escenario. Miro el atardecer y estoy rodeado de gente que parece estar de picnic. Me siento a la vez enamoradizo y antisocial. Mal combo.

La primera banda telonera es Junun (que yo sepa no tiene nombre oficial, pero así la presentan), conformada por el guitarrista de Radiohead, Johnny Greenwood, el compositor israelí Shye Ben Tzur y el grupo de India The Rajasthan Express. Todo esto no lo sé en el momento, como tampoco deben saberlo otros despistados como yo, que miran a Junun con risas nerviosas. ¿Estamos escuchando música india antes de la banda de rock más importante de nuestro tiempo?, parecen decir. Aunque Greenwood mueve su espléndida cabellera oscura, los verdaderos protagonistas son la trompeta y la percusión, que llenan de fiesta al melancólico cielo bonaerense. De a poco nos aflojamos: primero movemos un pie, luego los hombros, un rato más tarde estamos coreando los estribillos (sin entender lo que decimos, claro).

El siguiente invitado es el estadounidense Flying Lotus. Lo espero con ansias. Por otro lado, caigo en la cuenta de que solo comí una banana en toda la tarde y además necesito ir al baño. Si voy ahora pierdo mi buen lugar cerca del escenario. ¿Y si me quedo? Si me quedo voy a tener que bancármela así hasta las 11 de la noche, mínimo.

Mientras doy vueltas por mis dilemas mundanos, los encargados de armar el escenario se retiran y entra Flying Lotus, que se dejó crecer las rastas y que es una partícula en medio de la decoración. Veo a mi lado un señor increíblemente alto que murmulla: “¿Este chabón hace música?”. No escucho el resto de la conversación pero, prejuiciosamente, supongo que se refiere a que el músico es solo un tipo frente a una computadora. Y todos sabemos que la música no se hace con computadoras, ¿no?

Al principio FlyLo, como le decimos los amigos, hace sonar unos fragmentos ambientales mientras se ven estrellas de fondo. Por un momento pienso que el efecto de las estrellas es un poco básico. Pero lo que viene en la siguiente hora me tapa la boca: las estrellas dan paso a figuras geométricas imposibles, túneles de una ciudad cyberpunk, un rostro sin facciones y otro sin pupilas, gente que cae al infierno. Y lo más sorprendente es que delante de Flying Lotus hay otra pantalla traslúcida: como si estuviera por atravesar una puerta hacia otra dimensión.

La música, por supuesto, es la protagonista: primero atacan unos graves muy potentes, de esos que te hacen temblar el estómago. Después vienen la locura del wonky (ese género que es un híbrido de hip hop y dubstep, que es pura distorsión e inestabilidad), remixes con escaso parecido a los temas originales y jazz que esa misma tarde consumió ketamina. Por una hora, veo el futuro a los ojos.

Son las 8 y sé que todavía falta media hora para que entre Radiohead. Tengo la boca seca. Si levanto una pierna descubro lo mucho que me duele la otra. Cerca, hay unos chicos que charlan animadamente. Por los acentos, diría que son del norte. Quisiera hablar con ellos. Luego recuerdo que sigo antisocial y me refugio en mis auriculares (¿quién lleva auriculares a un recital?). La media hora pasa y no hay rastros de la banda. La  gente empieza con los cantitos de cancha, impaciente. Bah, la gente va a cantar de cualquier modo: el público argentino, obsesionado con ser “el mejor del mundo”, siempre sueña con robarse el show. Iluso.

A las 9 se asoman Thom Yorke y compañía. El escenario está casi vacío y, en mitad de ese vacío, suena el piano apesadumbrado de “Daydreaming”, de su último álbum, A Moon shaped pool. La quietud se rompe cuando decenas de luces blancas emergen de la banda y llenan la noche. Y me encuentro a mí mismo llorando. No es que sea tan difícil hacerme llorar, y no es que Radiohead evite la tristeza, pero igual: estoy llorando. Alguno se queja de que este principio tiene un perfil demasiado bajo.

Es como si el grupo hubiese escuchado al quejoso: la pantalla de fondo se enciende y aparece una interferencia violeta. Empieza “Ful stop” y me sorprende lo acelerado y animado que está, a pesar de ser un tema esencialmente neurótico. Es más: ¡hay gente bailando! ¡En un concierto de Radiohead!

El grupo se pasea por todas las épocas: desde la electrónica obsesiva de The king of limbs (2011) hasta el rock ideal para hacer pogo de The bends (1995). En este último caso, todos se saben las letras, todos saltan y se siente el alivio de lo conocido en el aire. En el primer caso, muchas personas como el alto de hace rato se rascan la cabeza. Radiohead nunca fue una banda de rock convencional, y en su discografía hay más experimentos raros que hits. Algunos fans se enorgullecen de evitar los pocos hits, hablan de una época superada; otros, en cambio, extrañan tener los números ruidosos, los estribillos memorables.

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Una de mis secciones favoritas de la noche la conforman la delicada y sentida “Nude” y “Pyramid song”, que es tan hipnótica e intensa que me emociono otra vez. No deja de asombrarme la capacidad que tiene Radiohead para tocar las canciones como si fueran versiones de estudio. Si escuchan “Pyramid song”, van a notar unas cuerdas muy agudas y discretas de fondo. En vivo, el guitarrista Johnny toma su instrumento y lo toca con un arco, de forma a la vez disonante y que se acopla al piano. Mientras, Thom canta sobre la vida después de la muerte: cómo uno observa todos sus pasados y todos sus futuros y luego se sumerge en Lete, el río mitológico del olvido. Acto seguido suena “Everything in its right place” que, para mi sorpresa, está bastante acelerada y casi te invita a mover las piernas.

Ya pasó fácilmente una hora de recital y, sin previo aviso, Thom interrumpe un tema y explica vagamente que hay un problema de seguridad y que hay que suspender por un momento. Para compensar, canta a capela. Es espeluznante. Luego se ríe como un maniático y hace ruidos raros (“¿Qué le pasa?”, pregunta una chica). Pero ya son diez minutos sin música y el público está, comprensiblemente, ansioso. Y yo estoy preocupado: porque cada instante aumenta las posibilidades de que alguien le tire una zapatilla a Thom, como ocurrió en un incidente famoso de 2009.

La música regresa un rato después y todos estamos desenterrando los recuerdos que nos traen las canciones, los instantes en que las escuchamos por primera vez. A mi lado, un muchacho baila de una forma inocente, aislado de todo menos del sonido. Creo conocerlo. Sí, iba a mi facultad. Posiblemente charlé con él cuando trabajaba de bibliotecario. Radiohead se despide prematuramente, pero no engaña a nadie: ¿qué sería de un recital sin las falsas despedidas y los bises? Estamos esperando los grandes éxitos: “Paranoid android”, “Karma police”, hasta un “True love waits”. El regreso es de perfil bajo, lento, tarda en levantar de nuevo. Y yo me doy cuenta de que, increíblemente, ya tocaron 23 temas (es mentira: no estaba llevando la cuenta).

Empieza “Idioteque”. El cantante explicó alguna vez que lo compuso para reflejar la ansiedad y la despersonalización que uno puede vivir en un boliche. Y, con sus sonidos robados del deep house, lo siento así en el momento.

Pierdo al chico de la facultad en medio del baile. Era lindo. La banda amenaza nuevamente con irse, pero todavía toca la fabulosa “2 + 2 = 5” y, por fin, el tan esperado “Paranoid android”. Y, más de dos horas de haber comenzado, sé que es el final, y es un final grandioso. El público no está de acuerdo conmigo. Ahora sí, contra todo pronóstico, suena “Creep”, el primer hit, quizás la canción más conocida. Los hipsters se quejan. Los demás saltan.

Mientras camino a la salida de Tecnópolis me siento simultáneamente emocionado, cansado, alienado y con ganas de que la noche no termine. Recién se fueron los chicos de Radiohead y ya quisiera volver a verlos. Pero sé, mientras me abro paso entre el río humano que quiere escapar de Villa Martelli, que van a pasar años hasta que ocurra otra vez.

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