La obligación de vivir

Por Ricardo Montiel—


Cuenta Joaquín Gutiérrez que la primera vez que se vieron, Max Jiménez quiso llevarlo al parque para darle puñetazos. La cosa fue que una noche, en una charla de cantina, a Joaquín le dio por contarles a todos —un poco escandalizado—, que se había encontrado un montón de diarios viejos, papeles, revistas y libros desarmados en la vereda de casa de Max. Que se había metido de cabeza en el revoltijo, y que había logrado rescatar algunas láminas de pintores ticos y extranjeros en perfecto estado. A Max, que estaba entre los presentes, le disgustó secretamente que hablaran en público de sus despojos selectivos. Disimulando ágilmente su mal humor, le ofreció a Joaquín llevarlo a su casa en auto una vez culminara la tertulia. Fue allí donde le mostró los dientes a su delator, pero también cuando de repente se le terminó el enojo dando vuelta en U, alejándose del parque que se habría convertido en un ring. Porque así era el novelista, poeta, periodista, pintor y escultor Max Jiménez. Inquietaba y lo sabía. Se podía burlar del vello en el labio superior de la madre de un amigo, o te podía hacer probar del eficaz somnífero que guardaba siempre en el bolsillo del saco. Por eso no fue extraño que a los dieciocho años abandonara los estudios de comercio en Inglaterra para convertirse en un artista devorador de géneros.

En la época en que Max se trasladaba de Londres a París, Joaquín era apenas un recién nacido. Era el efervescente París de los años veinte. Era la Costa Rica en rebelión contra el represor Tinoco. Por la herencia de dos grandes fortunas por parte de padre y madre, Max viajaba, estudiaba y se residenciaba donde le apetecía. Como ir y alquilar una casa-estudio en la Rue Vercingétorix, en Montparnasse, a unas cuadras del taller del aduanero Rousseau, el barrio donde ya adelantaban la deriva Debordiana Chagall, Picasso, Duchamp, Hemingway, Fitzgerald, Bretón y compañía. Dicen que cuando se enteró de que Cesar Vallejo dormía pocas horas tomando conexiones en el metro hasta que cesaba el servicio en la madrugada, decidió cederle aquella casa-estudio, anticipando el pago de un año entero de alquiler porque se ausentaba de París, y el poeta peruano solo tenía para la comida en platos de cartón que pedía por teléfono. Así era Max, generoso con sus colegas.

Quince años transcurrieron desde aquel viaje iniciático, y tras haber expuesto escultura y dibujo en París auspiciado por el nabis Maurice Denis; haberse casado con Clemencia Soto Uribe; haberse recluido deliberadamente en medio de sus fincas por una crisis existencial que lo mantuvo un tiempo alejado de todo; haber escrito artículos para el Diario de Costa Rica y para la revista Repertorio Americano (editada por su amigo y rescatista de las crisis García Monge); haber publicado y retirado de las librerías ticas Unos Fantoches (1928), novela experimental que irritó a la burguesía josefina de la época, por haberla caracterizado como marionetas funcionales a la sociedad; haber vivido y publicado en Madrid; haber vivido y publicado en la Habana, recala en Chile y se reencuentra con un viejo conocido.

Luego de ganar el campeonato nacional de ajedrez de Costa Rica en 1939, a Joaquín Gutiérrez la Federación Argentina lo invitó a Buenos Aires a participar en la olimpiada mundial. Como les pagaban a los jugadores el viaje de regreso una vez finalizada la competencia, aprovechó y consiguió arreglar un lugar en un barco barato a Francia. Una pariente de su madre iba a darle trabajo en una fábrica de peines y peinetas en los Alpes, y desde allí planeaba salir a recorrer el mundo. Pero los nazis iniciaron con una lluvia de bombas sobre Polonia pateándole irreversiblemente el tablero.

Atraído por el vino que valía menos que un refresco, y la presencia de un primo que estudiaba economía en Santiago, decidió embarcase sin titubeos en el tren trasandino, y cruzando pampa y cordillera se detuvo en el país donde viviría treinta años y donde publicaría casi todos sus libros.

De nuevo coincidían aquellos dos ticos trotamundos. Ahora atravesando barrios populares de la capital chilena. Joaquín con su bigote, la frente alta, la boca entreabierta queriendo decir o reír. Max, dieciocho años mayor, el rulo caído, el metro noventa, la mirada incandescente ante la obra que ya no alcanzaría materializar. Entonces de golpe se encuentran en la calle a dos dándose cuchillazos. Max se mete entre los rivales, logra conciliarlos y los invita a descorchar un vino en un bar. Porque así era Max. Podía entrar con Joaquín a un restaurante en Santiago, y después de ir al baño, escabullirse en la cocina y volver a la mesa con ranas vivas saltándole del pecho, cayendo en los platos de los embravecidos comensales. O en sus últimos días, repetir una frase sacada de quien sabe dónde: “Apagarse como un fósforo, y que no me despierten con la obligación de vivir”.

Cuenta Joaquín que cuando Max se fue a Buenos Aires a morir en 1947, muchos artistas murieron con él. Ese último año Joaquín terminaba el hipertraducido y premiado cuento “Cocorí”, que años más tarde sufriría campañas de desprestigio por supuesto contenido racista. Ese último año Max creaba 1056 aforismos que llamó Candelillas, libro de más de trescientas páginas publicado póstumamente por la Editorial Costa Rica, en 1965, y que contiene piezas resonantes como esta: “Poca obra haríamos sin el estímulo de la venganza”. También terminaba los dibujos para Manglar, novela de Joaquín posterior a “Cocorí”. Ese mismo año Max volvía a hundirse en una crisis depresiva: la intensa desolación y rabia contra el medio de su época lo fijan a la cama en la que muere durmiendo.

Cuenta Joaquín que cuando supo la noticia, recordó lo que su amigo le contaba a menudo. Una cocinera que tuvo en la Habana un día decidió renunciar. Desde la ventana, Max le asomó una pregunta: “¿A dónde vas Rosa?”. “A seguir mi destino”, contestó ella. Y antes de que Rosa desapareciera de su vista para siempre, Max le retrucó con la fuerza de quien se mueve a la par del destino: “Si me disciplino tengo gran porvenir. Si no, ya viví mi vida”.

 

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