Ebrios de un dios sin nombre. Fresco del amor correspondido y psicología de la belleza en “Call Me By Your Name”

por Edgar Alfonzo-Sierra—


L’usurpateur” es la primera voz que se oye en la película Call Me By Your Name (2017). Elio (Timothée Chalamet), personaje médula de esta historia, anuncia con ella algo que para el momento desconoce: un bello usurpador se deslizará hasta su reducto más íntimo, morará en él y acabará teniendo un alma común a la suya. Aunque experiencia universal, es difícil expresar el eros del primer amor, en especial, del primer amor correspondido, algo tan hermoso, ígneo y ulteriormente melancólico. Para este filme supone un logro. Obra sutil, va explorando con la brújula de la belleza ese ardor inaugural de la vida adulta.

Elio es un privilegiado adolescente de 17 años, prodigioso en cultura y educación, músico con talento de intérprete, lector consumado, políglota, bendecido por la gracia de unos padres letrados, sensibles y afectuosos, que aun así se descubre sin amparo y desnudo ante la pasión. A saber, es verano de 1983 en una campiña del norte italiano y como cada año un nuevo graduado universitario, Oliver (Armie Hammer) de 24 años, pasará sus vacaciones con la familia de Elio. A cambio ayudará en sus investigaciones al padre, especialista en cultura grecorromana. Elio y Oliver se enamoran.

 

Piel

Hay justicia en los reconocimientos a James Ivory (premios ingleses BAFTA y Oscar estadounidense) por su guión elaborado a partir de la novela homónima de André Aciman para esta película que dirigió Luca Guadagnino. Ivory, sabio del cine, rescata con frescura unos personajes ocupantes del universo menos habitual en las películas contemporáneas: el del paso ocioso y espiritualmente fecundo del tiempo. Un tiempo medido por la cultura antigua, la erudición, la expresión políglota, la emoción de las artes, la sapiencia y su disfrute.

Este campo culto tiene un sentido expreso. Ivory, bien valen sus 89 años, hizo de la obra de Aciman no solo la traducción de un idilio. Este escritor cinematográfico susurra tras toda la película que el amor es esencia del vivir y el saber de la existencia. Para quien quiera leer entre líneas, Ivory coloca al amor como un problema cultural de origen. Y lo refiere, en principio, estética y cosmos, a la antigüedad griega.

El cineasta inglés no solo evoca cierto orden mitológico a partir de la escultura griega antigua sino que también visita su teatro clásico. En un momento alude al deus ex machina, recurso literario y también tramoya teatral que algunos de sus antiguos dramaturgos emplearon para que una intervención repentina del Olimpo diera giros a sus historias o salvara tramas imposibles.

En efecto, antes del despliegue amoroso en la cinta es anunciado un hallazgo. Elio, su padre y Oliver asisten a una operación arqueológica: un varón misterioso no identificado, se teme que un dios, es extraído de la profundidad inconsciente de las aguas de un lago. El padre solo expone que esta escultura viene de un original atribuido a Praxíteles (mayor escultor de aquel mundo) y que piezas idénticas del mismo lote fueron una vez fundidas para crear una Venus muy voluptuosa. Todos datos sin casualidad: Elio y Oliver reasumen su camaradería mediante el brazo de la deidad y luego se entretienen absortos, inconscientes, recorriendo la piel de la efigie en bronce con sus dedos.

Se diría que es ella quien los toca. Entre los griegos se creyó que los dotados con don de poesía, los profetas y los enamorados eran instrumentos de una divinidad que se servía de ellos para manifestarse. Eros, la dulce y amantísima Afrodita, cualquiera de los inmortales, libraban pasiones en los cuerpos mismos de los humanos. Lo siguen haciendo en nuestras vidas.

Pero pese a estos contenidos, es un filme sin porte solemne y plantea un relato naturalista y sencillísimo, donde las escenas respiran hondas verdades universales con la humildad del tiempo corriente. Verdades habitantes de ese otro personaje que es la casona donde residen los anfitriones: vetusta y holgada, hogar aireado, pabellón abierto de vino y comidas, sala de música, caja de luz, huerta, biblioteca omnipresente, jardín. Y entraña.

En esa casa específica Elio y Oliver se inician cada uno en el cuerpo del otro. Hasta embriagarse. Hasta intercambiarse. Elio llama Elio a Oliver. Oliver llama Oliver a Elio. Un juego de sentimentalidad y lujuria. Irreversible. Corpóreo como la cópula. Suspendido como el rapto de un beso.

Astrolabio de oro

Desde cierta mirada la película podría seguirse a través del curso del agua, elemento emocional por excelencia. Las aguas rodean a sus sedientos personajes. Están en una simple botella que Oliver roba de las manos de Elio o en el vaso que este pide a una anciana desgranadora de frutos. Agua de albercas y ríos para el alivio solariego o la clandestinidad nocturna, de pozas secretas solo reveladas a alguien especial, de lagunas que conservan tesoros, de una lluvia de verano que obliga a tener lecturas decisivas.

Las aguas bautizan al amanecer el amor recién nacido en la noche. Y ya en la pasión abierta de Elio y Oliver, se imponen con el furioso esplendor de una catarata o en la forma modesta de las lágrimas. Y ahí está, en las lágrimas, un sentido para la hasta ahora escena líder en comentarios: aquella de la tentación del albaricoque. Otro fruto prohibido, al que los antiguos tenían por el más precoz en surgir durante el estío. Culturalmente hay un desplazamiento o superposición inevitable de relatos entre la fruta del paraíso original y la de este Edén veraniego. Adán y Adán. En el libro de Aciman el albaricoque con la simiente de Elio es comido por Oliver. En la película Elio llora y lo impide. Pues duele que una entrega gestada en la ternura de todo un mundo nuevo tenga un adiós inminente.

Sí, en esta historia se indica que el tiempo es un lindero para las biografías del amor. Narrativamente, la finitud y la vejez son aquí delicadamente sugeridas: está el anciano jardinero Anchise, algo más que un testigo sosegado o un personaje que deambula sin chistar. Anchise es una forma del tiempo que pasa y de la etapa postrimera de la vida. Encarna verdades que al fin emergen en la conversación que propicia el padre de Elio, el señor Perlman (un fascinante Michael Stuhlbarg).

Las palabras del padre son una terapia profunda asombrosa. Perlman parece un junguiano. Alerta a su hijo sobre la caída inevitable de la juventud y la fragilidad terminal del cuerpo. Todo acaba. No obstante, le entrega un astrolabio de oro para evitar el extravío de su alma en el mar negro del tedio, el desamor, el desgaste, el vicio y la muerte: no sacrifiques tu dolor pues junto con él también aniquilarás la dicha y la belleza. La vida.

Este guion es la obra adaptada por un hombre en las edades finales de su existencia. Alguien que saluda su vida y de algún modo viene sabiendo también que la despide. Un hombre -no es baladí su testimonio- que mira hacia atrás, identifica lo esencial y nos lo cuenta. James Ivory es también un Perlman para nosotros.

 

Ánima

Se pueden enumerar otros componentes y sensibilidades en Call Me By Your Name. La iluminación es fidedigna, calca el color del verano en sus días esplendentes y sus deliciosas noches. Corresponde al tailandés Sayombhu Mukdeeprom. Y la música es un alma en todo el metraje. Así desde la agradecida e impresionista Une barque sur l’océan de Maurice Ravel en secuencias tempranas del filme, más la saudade en el mosaico de temas pop de los años 80, hasta las tres canciones de Sufjan Stevens incluidas y que son ya plegarias para nostálgicos: la muy preferida Futile Devices (antes conocida en el álbum The Age of Adz de este compositor) y las creadas expresamente para esta producción, esa cabriola enamorada que es “Mystery of Love” y la más entrañable y dolorosa “Visions of Gideon”.

Nada olvidable la disyuntiva tejida en otro de los momentos elocuentes de esta obra, el de “hablar o morir”, confesar la pasión o silenciarla. Es el dilema de Elio y para resolverlo se acude al Heptamerón de Margarita de Orleáns. Annella (Amira Casar), su bella madre, lee al esposo y al hijo uno de los pasajes de este compendio literario. Un relato sobre la resistencia a revelar el amor que nos habita. En él Elio encuentra instrumento e impulso para sincerar sus inquietudes y dejar que su cuerpo hable con alma. Oliver cede.

Es así que la literatura “anima” en una película amorosa de la lengua. En la que se habla de etimología, de los lenguajes de la música y del cine. Se habla en los cuatro idiomas que usan sus personajes. Y se habla del amor en un idioma más, sucinto, de apenas dos vocablos. Dos palabras que bastan para inquietar todo tu mundo domado y hacerlo selva erótica. Dos voces capaces de otorgar la valentía de dejarte atrás y trascenderte. Porque, ¿qué sentirías si llamas a tu amante por tu propio nombre? Y cuando en su lugar te llame por el suyo, ¿dónde estás tú?

 

Bebida

Como regalo sino ofrenda, la última toma, lírica, pura, es cine en esencia. Solo cine. Nunca puede ser mejor explicada que consigo misma. En apenas un cuadro cinematográfico carente de diálogo Elio madura todas las emociones del amor vivido y se hace adulto. Su rostro transparenta los complejos movimientos de un alma herida sin revés y redimida. Es mucho más que una cámara fija, hipnótica en su sentimentalidad. Tiene lo profundo y espeso de las escenas cruciales en una historia. Timothée Chalamet es una semilla, un artista precoz de la interpretación y Luca Guadagnino uno de la intuición y el asombro.

Hay películas que realmente empiezan a ser narradas cuando terminan. Han transcurrido y les ha faltado nuestra atención más exclusiva. Sin el acecho del cazador, dejamos pasar en ellas momentos, joyas, pistas. No lo notamos hasta que su final cose un sentido y una totalidad espléndida. Así se construye Call Me By Your Name, desde su final. De ahí su potencialidad para hacerse un poco más grande dentro de la constante tejedora de relatos que es nuestra memoria. Alimentada por nuestras propias anécdotas es personalizada, releída, reescrita o vuelta a ver. Más que culminar es una película que desemboca en nosotros. Como vino, como agua bebida. Usurpadora.


Call me by your name, Luca Guadagnino, Estados Unidos, Francia, Italia, Brasil, Sony Pictures Classics, 2017. Trailer oficial

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