Azadi! Sobre “El ministerio de la felicidad suprema”, de Arundhati Roy

Por Olga Colmenares—


Veinte años sin escribir. No, corrige Arundhati Roy, veinte años sin escribir lo que el público pedía leer. Otra obra de ficción llena de realismo mágico, otra obra que elevara la voz de un país roto. El ministerio de la felicidad suprema no cumplió las expectativas, a pesar de haber recibido múltiples nominaciones a premios literarios, parece dejar insatisfecha a buena parte de los lectores. Una novela difícil de seguir, una historia que se cuenta sin endulzar al lector, por supuesto; según algunos un desastre narrativo incluso o nada más que un manifiesto político. Lejana, en apariencia, de la trágica historia de los gemelos de El dios de las pequeñas cosas, aunque bien podría ser su secuela. Mientras los gemelos incestuosos le dieron la etiqueta de voz de la India y la colocaron a la par del perseguido Salman Rushdie, las hijras y las masacres parecen haberla bajado de su pedestal temporalmente. Roy se atreve a ejecutar un enorme ejercicio de recomposición de la complejidad de un país como la India, a partir de unos pocos fragmentos que habitan el reino de la incesante persecución a la otredad.

La estructura de la novela es caótica, por supuesto, como lo es caminar por las calles de una ciudad grande y congestionada de tráfico y cuentos, donde las direcciones no obedecen a la cuadrícula organizada de calles y avenidas. La historia comienza con el parto de un esperado hijo varón, Aftab, que resulta también ser hembra para el terror de su madre. Hijra –transgénero, monstruo, intocable– es la palabra india cuya profundidad cultural intenta narrar la primera mitad del texto que termina con la masacre de Gujarat y un cementerio convertido en posada para vivos y muertos, regido por Anjum, antiguo Aftab. La segunda parte del libro se aleja con brusquedad del Khwabgah (La casa de los sueños), hogar de las hijras, y nos lleva a Tilottama, quien podría ser la hija impura de los gemelos Rahel y Estha de El dios de las pequeñas cosas, cuya vida queda atrapada en el conflicto de Kashmir. En este punto geográfico se encuentra viva la rivalidad entre Pakistán e India, en este lugar han sido asesinados, torturados y violados muchos, entre ellos la familia de Musa uno de los tres amores de Tilottoma. Dos libros en uno, dos países en un territorio, dos religiones en un pueblo, dos sexos en un cuerpo, dos razones en el medio de una sinrazón. Hacia el final ambas historias confluyen en la aparición, en medio de protestas, de una niña negra, hija de la guerra y salvadora de ambas mujeres, quienes terminan como reinas del cementerio entre vivos y muertos, hindúes y musulmanes, sobrevivientes y asesinos.

Más que hijra, prostituta o monstruo, Anjum es la madre que acoge a su prole en el cementerio, lugar de descanso final del peregrinaje de estos personajes, lugar último en el que dejarán que la vida se vaya y se entierre poco a poco junto a los antepasados, lugar en el que se levanta un paraíso (Jannat) desde el pasado que puebla la tierra misma y abona las paredes de la casa de huéspedes en la que se irán a refugiar los abatidos, los que no pueden permitirse una batalla más. Todos los personajes vienen de la tristeza a encontrar muecas de sonrisa y resignación, a pasar las penas de otra vida. El cementerio se convierte en lugar de convivencia con la muerte y con los muertos que no dejan de ser y que están presentes y comparten habitaciones con los vivos. ¿Qué significa convivir con la muerte? ¿Por qué un cementerio? La muerte es parte vital de los países rotos, la violencia y la muerte de los derechos, los privilegios, los estándares, las reglas. Por ello, este ejercicio de reconstrucción no podría finalizar en ningún otro lugar de la ciudad. El cementerio, recinto del ministerio de la felicidad suprema, es la guarida de la muerte y sólo sobre ella se construyen las vidas imposibles de los personajes de Roy, que están más vivos mientras menos se les pueda definir, que están más vivos mientras más se acercan a la muerte y al olvido.

Si bien la novela habita a ratos en el realismo mágico, no hay duda de que la segunda esperada novela de Roy se trata de una realidad que golpea. Las escenas se suceden como un reportaje de guerra, una cámara lanzada en medio del caos que estallara en pedazos para seguir a los personajes hasta sus escondites. Este libro es la guerra misma colada en la vida, es la guerra cotidiana y sin fin que va acabando poco a poco con todo sin necesidad de bombas de destrucción masiva. La historia de India es tan ajena para mí como lo sería para un indio la historia de mi país, Venezuela. Sin embargo, al leer este libro mi acercamiento fue como venezolana, es decir como una mujer que viene de un país fragmentado y sumido en un caos que ya es una forma de vida. ¿Qué hay más real que el caos y qué hay más mágico a la vez? Sólo el realismo mágico podría dar alguna explicación medianamente verosímil. Como lectora podría quejarme de que la estructura no es tal que te permite enamorarte y vincularte con los personajes, que el hilo narrativo es difícil de seguir, que los personas no son del todo redondos; pero luego comprendo los quiebres y vericuetos desde mi propia realidad hecha pedazos, en la que la normalidad es una avalancha de percepciones y sensaciones sin sentido y los actos van guiados por la sinrazón. Quizás esa es la verdadera historia detrás de Anjum y Tilottama: el caos como parte fundamental de lo que somos los seres que estamos rotos para los estándares de una realidad cuadriculada. Puede que Venezuela no tenga nada que ver con India, pero mi país tiene que ver con la ruptura, con las atrocidades tomando el lugar de la normalidad, la aceptación como único remedio y el cementerio como el único paraíso posible. La novela tiene sentido cuando se lee bajo esta premisa “Ella ha perdido la habilidad de mantener sus mundos discretos discretos -una habilidad que muchos pueden considerar como piedra angular de la sanidad. El tráfico dentro de su cabeza parece haber dejado de creer en los semáforos. El resultado es un ruido incesante, unos cuantos accidentes graves y, eventualmente, un embotellamiento”. Así es la guerra que se vive en el corazón de los que esperan la muerte en cada esquina, así es la normalidad cuando se pierde y todos los días se corre la raya un poquito más.

Los que reclaman que el escritor sea legible para un público supuesto que se vayan a leer a otro lado. ¡Azadi!, grito en nombre de quienes creemos en la libertad de la escritura como espejo, como desahogo, como realidad, como magia; en fin, como que lo que le dé la gana al escritor. Los que tengan un poco más de paciencia con el ir y venir del libro quédense un poco más que no se van a arrepentir.


Arundhati Roy, El ministerio de la felicidad suprema, Anagrama, 2017, 520 páginas.

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