Sobre “Con el ala alta”, de Patricia Guzmán

Por Alberto Hernández—


1.

Desde el primer verso, Patricia Guzmán (1960) parece levitar. Desde la primera bocanada, la poeta venezolana habita en un pájaro. Es pájaro porque es imagen, metáfora sagrada y oración enviada al más alto nivel de la fe. Es una voz quebrada, que corta aire mientras vuela. Es una voz apretada, que no brota fácilmente. La poesía de Guzmán es un temblor en la página, en el ojo que la lee. Cada verso es un nervio, un tic místico.

Con el ala alta (Poesía 1987-2003, el otro @ el mismo editor, 2004) simboliza un viaje, un destino aéreo, un espíritu que trasciende el sueño. Que va más allá del reposo nocturno. Es la experiencia del vivir y el morir: es el instante, el desierto por donde se pasa mientras el aliento se entrecorta. La poesía destaca, en versos ahogados, el destino de quien los traza, de quien los piensa y luego los dibuja en el libro.

Aquí están los libros de Patricia Guzmán. Aquí está su poesía en un solo poema: “De mí, lo oscuro”, “Canto de oficio”, “El poema del esposo”, “La Boda” y “Otros poemas”.

No hay salto temático en toda esta obra: la coherencia, la línea que usa para decirse no cambia de rumbo. Es el mismo lugar y el mismo clima. Cambia el tiempo pero continúa el poema diciéndose desde sus inflexiones, desde la sorpresa que deja en cada trastorno, en cada viaje de un verso a otro, en cada pausa, en cada blanco en el papel. Es una respiración entrecortada, de pájaro en vuelo, de pájaro en la carne temblorosa.


2.

Un invitado acompaña el libro: César Vallejo. El poeta peruano apoya estas páginas con estos versos:

“Y si después de tantas palabras, / No sobrevive la palabra/ Si después de las alas de los pájaros, / No sobrevive el pájaro parado/ Más valdría, en verdad, / que se lo coman todo y acabemos”.

Y entonces los lectores nos sabemos también en esa incertidumbre, en esa duda que se confirma en la poesía de la venezolana. Las palabras corren el riesgo de dejar de ser. Si el silencio arriba, el pájaro cae. Deja de cantar. Deja de volar. La muerte, la agonía de las palabras, el cuerpo derrotado. Pero también el cuerpo apoyado en el cuerpo del otro. El Otro, personaje casi permanente en esta experiencia, el esposo, deriva en manantial donde beben la voz y el silencio.

Alto vuelo, “ala alta”, vuelto interior, desde donde habita quien habla hasta la sombra donde refleja la tensión del poema, ese afuera de luz donde la sombra lo oscuro se proyecta. Una tensión que agudiza la lectura: quien se pasea por estos poemas es cuerda estirada en el aire: la negación de la muerte aparece en estas líneas:

 

“Aquí muertos no nos sabemos

 

Entonces

no habrá huida

ni cuerpos mutilados

nos alcanza la vieja salida”.

 

El cuerpo, ese ambiente donde se aloja el peligro y el miedo. El temor a ser desplazado, aquejado por la ausencia, por el mismo dolor, por una herida: “Reclamo mi cuerpo/ entre tanta sordera// tanta lengua en lo oscuro”.

El poema descubre su espacio. La poesía inquieta. El dolor, la piel, el cuerpo en un lugar frío, sometido, estremecido por la levedad del sueño. Pero el dolor es esa queja, ese cerrar los ojos y dejar caer las alas, perder el vuelo:

“Llevo la espalda herida// el lamento de un último arbusto// viene amarrado a mi cintura” (…)

“Ya no me quedan huesos/ estoy hecha de sed”

(…)

“Me ofrezco/ y no alcanza el miedo”

(…)

“Nada más silencio que yo”

(…)

“Todo se llena de pájaros”

(…)

“Defiendo mi muerte/ para que no vayas a mirar allí”

(…)

“Escucho que la muerte respira”

(…)

“Dénme reposo”

(…)

“Que no se muera (…)”.

Ese instante queda en ese libro. Sigue en ese primer libro. Respira y se asoma a ver el vuelo.


3.

No sé qué ha pasado por la vida de Patricia Guzmán. Especulo que ha ocurrido algo, una huella poderosa, como pasa con algunas almas muy sensibles y cuerpos angelados, por eso, digo, esta poesía anuda ambos espacios: el cuerpo y el alma y libera la energía de una experiencia que la sigue marcando, como deja dicho en su libro El almendro florido (2017), en el que ella reafirma su carácter espiritual, ese adentro oscuro que se hace luz cuando escribe sus plegarias, sus oraciones, sus poemas, sus vuelos.

Y ahora, en este instante en que sigo la lectura, Hanni Ossott abre la puerta de “Canto de oficio”, en el que ángel representa la herida, lleva la herida sube con la herida.

Extensa e intensa oración en la que la poesía es el sustento de la fe. Quien habla aquí está muy cerca de la cicatrización, de la ubicación del dolor. El poema que pronuncia el adentro de un vuelo, el del pájaro que sigue flotando sobre la mirada del cuerpo. Un espíritu santo revelado, suturado por las palabras, por esta poética:

“He pasado toda la noche debajo de los pájaros/ ¿Dónde queda el dolor?/ Al final del pájaro blanco que se tumba contra mí/ No hagas ruido/ Si respiras, le moverás las alas/ Sepárate sin comer/ Tu estómago está lleno de ángeles dormidos/ ¿Oyes cuánta agua tienes en el corazón? / Apresúrate/ Los muertos ya se fueron/ Dispón el mantel e invita/ Es bueno que se sepa/ Yo grito mientras duermo/ He pasado toda la noche debajo de los pájaros”.

Este texto insomne, construido desde la espera, desde la patología del silencio, desde el vuelo rasante del pájaro/ ángel, de la invitación más lejana, contiene una dolencia del cuerpo: “Espero la enfermedad…”, y deja a cargo a alguien de la salud del esposo, del que vigila su sopor, de quien es línea poética en todo el libro que Patricia Guzmán ha vivido con sus sobresaltos: “Estoy segura de mis miserias” (…) “Ave de mí” (…) “¿Por qué el aire está lleno de almas?” (…) “Rezo santo” (…) “Si escojo al señor escojo las maneras de servirle” (…) “El cielo tiene un lado sordo”. 


4.

Un personaje permanente. No es una enunciación, es una presencia. El esposo activa la poesía, alberga su esencia: Es. Desde un yo quebrantado pero denso, la voz de la poeta sigue su recorrido continuo, y como ha afirmado Eduardo Milán: “Un poema no se comienza nunca, / únicamente se sigue”, en Patricia Guzmán el poema es el vuelo que no se agota: es su cuerpo agobiado, fortalecido en el yo que se reitera y arriba al hombre, a quien le dedica toda su poesía:

“El buen esposo ha de cuidar su sueño (…)

El buen esposo se queda despierto toda la noche (…)

El esposo nunca sabe que es tu esposo (…)

Los matrimonios se celebran siempre en el cielo (…)

El esposo nunca debe ayunar (se rompería su puente con el cielo) (…)

Hoy me avisaron que el esposo está enfermo (…)

Mi esposo lava mi taza (…)

Este personaje habita todas las páginas. El esposo habla por la boca de ella, es el componente de su respiración. De su sanación: “¿Quién podrá sanarme?”. La enfermedad, en este caso, “el estatuto de la poesía”, de su poesía, destaca la infalibilidad pero además la fragilidad de la voz que la produce: es la misma poeta quien dice por ella, desde ella y para el esposo, que es parte de ella. 

El cuerpo – el poema- se duele, se agota, no en sí mismo, sino desde la mirada de quien lo ve y lo siente. Ella, la mirada, la que vuela con las alas del pájaro, con el espíritu que la habita, es también la no mirada, la que afirma: “Nadie ha notado mi cansancio”, esa elusión fija el testimonio del agotamiento: “A menudo estoy mareada”. Todo el poema es la continuación de las imágenes anteriores. Aparece la flor, el jardín como símbolo, como regalo del afuera.

El vuelo es alto, las alas desplegadas, la curación:

“Las flores del día no han crecido

Quizá por ello hoy estoy más cansada

-¿Serán estos delirios, delicias de Santo?-

En mi casa todo pájaro amanece curado”.


5.

“A mí la enfermedad me obsequió unas alianzas”.

En “La boda” la muerte es un anunció. Sólo un anuncio. Las flores hablan del destino. El cuerpo es santificado. Las Damas del Cortejo, “Mi ladre, la Madrina”, los santos, las santas, curadoras, del hospital hacia la herida, de la herida al quirófano y el ángel el alado, la familia, una familia borrosa. Y la salud. El poema salvado. Curado: “Agobiada por la fe, debo hablar de amor”. Pero antes:

“Dejé que me abrieran la cabeza (…)

El médico le devolvió a mi Esposo el espesor del despojo: Mi cabello (…)

El Médico aún debe estar operándome (…)

La poesía se acerca al cielo:

“Repetiré una oración mental y mi Esposo alzara la voz fervorosamente (…)

Para elevar su alma a Dios (…)

La muerte, la imagen de La Piedad al final del poema. Una visión de  la eternidad.


6.

Otros poemas

El cuerpo simboliza una ofrenda. El dolor, el que se instala mientras la carne se vacía. El cuerpo/ temblor, sensación o jardín: personaje que crece en el poema desde la mirada atenta de quien lo cuida. Es el Esposo, una enfermera, la mano de un personaje de Shakespeare. El aliento, la rosa encontrada y desaparecida, “en vigilia por mi cuerpo/ en vigilia por darme/ un nombre sin espinas”.

El cuerpo primero, el primer cuerpo, el del paraíso, el de país edénico, el del siempre alivio, pero que “Se fatigan/ Desfallecen al fondo del Jardín”.

El cuerpo enfermo, infectado, el que yace bajo el cielo mudo, “sordo”. El cuerpo quejoso, el cuerpo adolorido, difamado por los quebrantos, herido.

El agua sanadora. El poema final, el cuerpo, “con el ala alta”.


Patricia Guzmán, Con el ala alta (Poesía 1987-2003), El otro @ el mismo, 2004.

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