Séraphine, un caso ingenuo y único en la historia de la pintura

Por Ciro Herrero—


Senlis, ciudad de atmósfera medieval a dos pasos de París, alberga en su Museo de arte y Arqueología un cuadro, solo uno, que atrajo mi atención. Sobre un fondo azul y verde se despliega un árbol redondo repleto de finas raíces y rara exuberancia. Sus hojas, rojas y azules, cubren con su forma de plumas casi toda la superficie del lienzo. Pequeños puntos blancos animan y realzan la composición. Su ficha técnica indicaba: <El árbol de la vida – 1928 – Ripolin y óleo sobre tela – Autor: Séraphine Louis>. El título de la obra me hizo recordar fugazmente el Génesis, primer libro de los textos bíblicos, que narra la creación y los orígenes de la humanidad; donde un árbol de la vida, símbolo de la vida eterna, es plantado en el jardín del edén a un costado del árbol del conocimiento. La imagen poseía un refinamiento estético asombroso, mezcla de divinidad e ingenuidad. Contemplé, embelesado, aquella obra que finalmente me transportó a un estado de dicotomía entre una atracción extraordinaria y un rechazo espeluznante. Me pregunté: ¿Quién es Séraphine Louis? Sin respuesta, me marché del museo.

Tres semanas después, la comediante francesa Mélina Tatopoulos trajo a mi casa un ejemplar del libro “Séraphine de Senlis”, del reconocido biógrafo francés Alain Vircondelet. Además, me obsequió una copia, ajada y amarillenta, de la edición original de “Cinco maestros primitivos” del coleccionista, marchante y escritor alemán Whilhelm Uhde; quien descubrió a Séraphine y cuya fascinación por ella quedó reflejada en una de las frases de su libro, donde expresó:

“El objeto de su representación no es la apariencia de las cosas, sino la realidad superior que expresa el estado cósmico de las cosas…”     

Mélina Tatopoulos me advirtió que la biografía de Vircondelet, por momentos densa, abordaba en detalle la vida de Séraphine Louis. Aunque, con su habitual ironía mordaz, me instó a desistir de leerlo; argumentando que en el otoño de ese año 2008 se estrenaría en las salas de cine un largometraje basado en su vida.

De la lectura ligera de ambos libros descubrí que Séraphine Louis (1864 – 1942), hija de un obrero y una campesina, quedó huérfana a los siete años de edad, y trabajó como pastora durante su niñez y parte de su adolescencia. Desde los 17 años se desempeñó como sirvienta en el Convento de Las Hermanas de la Providencia en Clemont. Posteriormente, a los 36, lo hizo como criada en diferentes casas de Senlis, en una época en que dicha actividad era un duro oficio servil. Poco antes de 1920, casi analfabeta y con un imaginario religioso primitivo, forjado entre monjas beatas, Séraphine comenzó a pintar. Solitaria, pobre, humilde e intrépida, plasmó sobre sus lienzos, fulgurantes y enigmáticos, una singular y misteriosa fuerza entre lo sacro y lo doliente. Nunca quiso revelar el efecto inusual que había en el rojo de sus pinturas, pues siempre prefirió mantener “ese asunto” en secreto. Según ella, las voces de los ángeles la inducían a pintar, de manera súbita, aquellos cuadros que tanto entusiasmaron a André Breton. Internada en un hospital psiquiátrico, cuando el desorden mental pudo con ella, continuó pintando. Murió bajo las duras condiciones de los asilos en Francia, durante la ocupación alemana, siendo enterrada en una fosa común.

Wilhelm Uhde, uno de los mayores descubridores de talentos en el París de las vanguardias, la incluyó entre los “Primitivos Contemporáneos”, los comúnmente denominados pintores naif o ingenuos. Algunos, en la actualidad, consideran a Séraphine como una outsider, aunque su arte encaja perfectamente dentro del concepto de  Arte Bruto.

Diez años después del estreno del film Séraphine en este 2018, he podido ver esta película que rescata la vida y la obra de esta gran artista anónima, que desafió al mundo académico. Esta coproducción franco-belga, dirigida por Martin Provost y protagonizada por Yolande Moreau, fue la gran triunfadora de la 34ª Edición de los Premios César, otorgados por la Academia del Cine Francés. La actriz belga Yolande Moreau, cuyo rostro puede ser familiar para quienes vieron el film Sin techo ni ley de Agnés Varda, ofrece una actuación excepcional, en el marco de una narración poseedora de una sutileza elegante e inigualable. No es la habitual película “de artista“, donde el protagonista es un genio torturado y rebelde. Es más bien un largometraje donde un tono moderado, que se mantiene en todo momento, muestra la entrega cotidiana de Séraphine a sus actividades y al éxtasis creativo que ronda constantemente su fragilidad mental. El extraordinario film de Provost, con su incesante armonía de planos, polifonía, colores vívidos y sombras profundas, me cautivó como espectador.

Al finalizar la película, una vez más me quedé pensando en la frase de Uhde: “El objeto de su representación no es la apariencia de las cosas, sino la realidad superior que expresa el estado cósmico de las cosas…”. Pues, al fin y al cabo, la historia de Séraphine nos lleva a replantearnos la creatividad y el lugar que ocupa el arte en nuestras vidas.

Referencias:

Alain Vircondelet, Séraphine de Senlis, Editorial Albin Michel, París, 1986.

Wilhelm Uhde, Cinq maîtres primitifs, Editor Philippe Daudy, París, 1949.


Séraphine, Martin Provost, Francia-Bélgica, 2008, Premiada en la 34ª Edición de los Premios César. Trailer oficial

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