Pensar en el ascenso. Sobre “Lugares donde una no está”, de Laura Wittner

Por Ricardo Montiel—


Lo pensé cuando paré en una curva cerrada del empinado sendero, sin aliento entre las decididas espinas del cactus. Ascendía hacia la cumbre del Cerro de la Gloria, en el extremo oeste del inabarcable Parque San Martín, en la árida ciudad de Mendoza. Había escrito días atrás una reseña sobre Lugares donde una no está (Poemas 1996-2016), obra reunida de la poeta y traductora Laura Wittner (Buenos Aires, 1967) cuyo título “Ese filtro con que se mira el mundo” había sacado de unas declaraciones que la autora dio en una entrevista para el sitio Op.cit. (Revista-blog de poesía argentina, hispanoamericana y traducida). Lo pensé, lo vuelvo a pensar: sigo dudando de esa reseña a la que algo le falta, así como dudé, sintiendo la intensa espectralidad de la Cordillera ante mi vago alpinismo, completar los metros que restaban hasta lo más alto del Cerro, de mi capacidad y entusiasmo para seguir generando plata, de mi capacidad y entusiasmo para seguir. ¿Pero es que acaso se puede abandonar el meditativo repaso de inseguridades y en blanco difuminarse con el imponente paisaje de montañas, cóndores y viento Zonda?

“Es ese filtro que una se pone. Cuando en otra entrevista traté de definir la poesía, dije para mí es la manera con la que miro el mundo”, dice Wittner en la conversación con Melisa Papillo y Damián Lamanna, de Op.cit. Y sobre ese asunto, sobre las escurridizas definiciones de la poesía, iniciaba la digamos primera versión de esa reseña que apenas sugería ideas desestructuradas, fragmentos sin ilación, párrafos hechos de inensamblables escombros.      

“Lo que necesitas está por todas partes, donde uno se levanta y muere, donde la lluvia lava la piedra y donde el sol se hace tormento”, dice Thomas Bernhard en unas palabras dirigidas a jóvenes escritores en las que indaga sobre el material literario latente en “el desconsuelo cotidiano, la desolación cotidiana, la helada cotidiana”, ubicuo material que me lleva a pensar en Joaquín Giannuzzi y estos versos de “Poética”, poema suyo de 1977 que sintetiza, casi a modo de manifiesto, lo que será el leitmotiv de las generaciones posteriores de los años ochenta y noventa (Fabián Casas, por ejemplo) y cuya influencia en la obra de Wittner parece no pasar inadvertida: No agregue. No distorsione. / No cambie / la música de lugar. / Poesía / es lo que se está viendo.

Pensé ese día mientras ascendía mirando a todas partes, sin cambiar la música mendocina de lugar, en aquello que había no digamos escrito, sino bosquejado sobre Lugares donde una no está, donde ya desde El pasillo del tren –primero de los siete libros que componen la obra reunida–, Wittner da pistas de lo que persistirá en su atrapante escritura. Por un lado, el …estar en el mundo como en un tejido / que se sostiene en estaciones y aeropuertos. Por el otro, lo captado en las inmediaciones de ese “tejido”, es decir, las cosas que Andan solas, tan sueltas / que pueden deshacerse.

Su poesía, entonces, concebida como instantáneas que revelan una experiencia de viaje a través de los trenes en marcha, de las caminatas por la ciudad de Nueva York, de los aviones y hoteles, pero también de la “Perspectiva de una bañera”, de la terraza del vecino, de la vajilla recién lavada / que humea en el secaplatos”, de la lluvia y sus errados pronósticos. Y es aquí, en este oscilar entre escalas de apropiación donde radica el estilo singular de la poeta; estilo apoyado en la planicie de una maleta sobre muslos viajeros, donde se escribe dando peso a lo fugaz, a lo que al mismo tiempo se observa y no, porque se está por llegar o partir, en los amplios pasillos de una genérica terminal o en las justas dimensiones de una doméstica cocina.  

“Cuando estoy en los lugares también pienso en cuando no esté más en ellos”, recordé que reflexiona Wittner en Op.cit., mientras continuaba mi ascenso por el agrietado sendero de hormigón, evadiendo la postura de ataque del cactus. Sintiendo, además, esa mezcla de sentido y ausencia de sentido propia de los viajes. Pensando en que la engañosa sencillez de la poesía de Wittner, escrita desde la inestable permanencia, conduce en definitiva su propio vuelo alejada de las piedras más duras del llamado objetivismo, del más esencial Giannuzzi y de todos los demás. Y así fui avanzando hasta que me detuve en una curva cerrada y, entre otras cosas, pensé en “Ese filtro con que se mira el mundo”, reseña anterior a esta, de la que sigo dudando por sentir que algo le falta. Algo que, como la cumbre del Cerro de la Gloria, no sé si alcanzaré. Pero eso no significa nada. Hay influencias que toman cierto tiempo comprender.  


Laura Wittner, Lugares donde una no está (Poemas 1996-2016), Gog & Magog, 2017, 250 páginas.

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