Miró: un ejercicio de desapego

Por Flora Francola—


Si nos adentramos un mínimo en el universo de la obra del artista español Joan Miró (1893-1983), sabremos de su relación con el círculo de los surrealistas en París que devino en onirismo, que se maravillaba con el cielo nocturno, astros y satélites, o que se encontraba en la costa de Normandía por las fechas del día D. Estos datos nos sitúan en el entorno de su obra. Ahora bien, quienes pudieron acercarse a una de las telas de gran formato que se mostraron en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires encontraron algo más: sumergirse en el vacío sin réplica, caer por infinitos segundos solo para regresar a sostenerse de una masa de pintura roja, amarilla o azul que sirva de balsa en la inmensidad del firmamento.

Miró deja ver desde el año cero de su obra la emoción que le producen los cuerpos celestes. Pinta con el misticismo de un sabio anciano que mira los astros noche a noche, venera al sol y es amante de la Luna. Me resulta difícil recordar cuál fue mi primer encuentro con Miró, quizás estudiando historia del arte en segundo o tercer año del bachillerato. Sin embargo, tengo memoria en detalle del semestre en la universidad que dediqué al análisis conceptual y estético de su obra pictórica. El profesor, un catedrático del arte moderno y latinoamericano, Edgar Petit, nos invitó a leer algunas biografías, entrevistas, artículos y reseñas de la época y a repasar tantas veces la obra de Miró. Un momento en particular, en el salón de clases súper iluminado por la luz del trópico a mediodía, sugirió que observásemos la imagen del “Perro aullando a la Luna” y luego cerrásemos los ojos por unos minutos. Era un ejercicio para dejarse absorber por el vacío.

En los lienzos de gran formato que encontramos en la muestra Miró: la experiencia de mirar (25 de octubre al 25 de febrero), quedaba en claro el trayecto del artista en la depuración de la composición, jugando al contrario del horror vacui que en otro momento le habría guiado. Miró libera a la pintura, se dice que la rompe, la mutila. Es un despojo, un fuerte ejercicio del desapego: detenerse a un par de metros frente al lienzo blanco sobre el que orbitan unos pocos astros y la luna, como espectador, y poder respirar en el espacio del cuadro, después de leer una de las citas rotuladas en la pared que rezaba: “Me siento trastornado cuando veo en un cielo inmenso, el creciente de la luna o del sol” y continuaba así: “hay en mis cuadros formas pequeñísimas en grandes espacios vacíos… todo lo despojado me ha impresionado mucho siempre”.

Para Miró la mujer y el pájaro son elementos recurrentes, quizá dos partes de una misma cosa, tal vez el amor, la vida, el ensueño o la muerte incluso. El ave se posa en la cabeza de la mujer, la mujer se transforma en ave, el ave vuela hasta la Luna, a veces se convierte en estrella, regresa, es terrenal, es también un Dios. Casi al final del recorrido, o al comienzo, dependiendo del camino tomado, al pasar el túnel azul que le precedía, estaba una escultura que el artista tituló “Muchacha soñando con la evasión”. De ella emanaba la psique de sus personajes, que se pasean entre preguntas invisibles, que solo en la huida consiguen respuesta.

Las esculturas que poblaron el espacio del pabellón fueron en su totalidad vaciados en bronce, de ensamblajes en diversidad de objetos y materiales encontrados, algunos incluso esculpidos. Tenemos entonces que los procesos para estas obras pasan por las tres metodologías escultóricas principales: el modelado, la construcción o ensamblaje y el vaciado, comportamiento que no es nuevo para el surrealismo. Y si bien Miró no es un surrealista per se, ésta es una de sus características consistentes. En el centro de la sala había lugar para una danza de mujeres ave, magos, personajes y situaciones en tridimensión, que recordaba quizá a un grupo de ninfas a la orilla de un arroyo. La fidelidad del vaciado en piezas particulares se podía ver por ejemplo en la fibra de cestería, o las cerdas de un cepillo doméstico, engañando un poco al ojo con la noción de fragilidad, mientras la mente intenta tener presente la dureza del metal que lo representa. Estas dualidades fueron recurrentes en la muestra y si tomamos el tiempo de conocer mas del artista, sabremos que lo concreto y el vacío, femenino y masculino, terrenal y celeste, todo juega en la obra de Miró.


Joan Miró, Miró: La experiencia de mirar, Museo Nacional de Bellas Artes y el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, con la colaboración de la Embajada de España en Argentina y el apoyo de la Asociación Amigos del Bellas Artes, Buenos Aires, del 25 de octubre de 2017 y al 25 de febrero de 2018.

Fotos: Flora Francola

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