El dedo de David Lynch: el paraíso y el laberinto

Por José Urriola—


Arturo y Mariana han decidido dejar atrás sus vidas en Caracas para reinventarse una nueva en Chirimena, a orillas del mar. Ya no serán estudiantes de Letras sumidos en la frustración, ya no tendrán que vivir bajo la sombra fantasmal de sus respectivos padres, buscarán en ese paraíso playero -por decisión propia- el arraigo que en el infierno citadino nunca hallaron. Venderán entonces pulseritas de cuero a los bañistas, harán algunos malabares circenses, se alquilarán una modesta habitación en las adyacencias del pueblo, beberán y fumarán a placer, se entregarán al deseo. El plan no pinta nada mal, el escenario es perfecto, son jóvenes emancipados que se quieren y se gozan. Las cosas van fluyendo, los muchachos han sabido adaptarse a los códigos del nuevo cielo, hasta que una tarde se topan un dedo mecido por las olas de la playa. Y a Arturo se le ocurre la brillante idea de llevárselo en su mochila ante la mirada silenciosa y complaciente de su novia. Arturo aún no lo sabe, pronto descubrirá que con ese gesto acaba de internarse en un laberinto donde él será Teseo y el Minotauro a la vez.

En esencia ese es el argumento de El dedo de David Lynch (2015), una novela fascinante de Fedosy Santaella publicada por la editorial Pre-Textos en su colección de Narrativa Contemporánea.  El título hace un guiño a la película Terciopelo Azul de David Lynch, donde el personaje de Jeffrey Beaumont (interpretado por Kyle MacLachlan) se topa con una oreja tirada sobre el pasto y decide también llevársela consigo. Y como si se tratara de una película de Lynch, en esta novela de Santaella nos adentraremos también en los territorios de la locura, el miedo, el sinsentido aparente (pero cargado siempre de simbolismo y significado), los personajes delirantes, el amor como última y única posibilidad de salvación en medio de tanta penumbra y muerte.

La narrativa de El dedo de David Lynch es como una máquina precisa y bien engranada que siempre impulsa hacia adelante. No se detiene, no da respiro, se pone en marcha y se vuelve prodigiosa, indetenible, a veces hermosa, otras espantosa. Los personajes y las situaciones se van presentando como si se tratara de escenas que nos enfrentan con una fauna extrañamente familiar de un cosmos desconocido aunque misteriosamente íntimo. Y cada uno de esos especímenes cobra protagonismo en algún momento de la historia para contarnos un cuento loco, un disparate que parece un delirio sin patas ni cabeza pero donde se confiesan cosas realmente importantes y se encierran verdades como rocas. Y la concatenación de esos “cuentos disparatados” va armando progresivamente una máquina que no deja cabo suelto ni ninguna tuerca floja.

De esa manera vamos descubriendo, pasadizo por pasadizo, túnel a túnel, galería tras galería, el laberinto donde se va adentrando Arturo jurándose un Teseo (aferrado a su Ariadna personal: Mariana) para acabar convertido en desesperado Minotauro. Es, eso sí, un Minotauro borgiano más parecido al de “La casa de Asterión” que al de la mitología. Él quiere divertirse, quiere pasarla bien, quiere estar quieto y sin meterse con nadie. A veces pierde la paciencia, a veces se enfurece y se carga de odio, eventualmente embiste y bufa, pero por lo general opta por ser un héroe esquivo, un guerrero de los que prefiere la retirada. Arturo sabe, a pesar de su juventud, que la felicidad al final se parece un montón a la calma. Tiene -y ha tenido- mucho tiempo para pensar, eso lo hace un sujeto ingenuo pero lúcido, cándido pero a la vez profundamente sabio. ¿Por qué Arturo se lleva ese dedo de la playa? Porque en ese momento le llamó la atención, porque tenía la cabeza llena de humo, porque había hecho el amor con su novia, ahí a pleno sol, detrás de la gran roca de la playa. Qué importa, por mucho menos de eso Meursault le había disparado a un árabe, encandilado bajo el sol, en otra playa, la de El extranjero de Camus. Arturo simplemente se llevaba un dedo anónimo para meterlo en su congelador. Ya más tarde vería qué hacer con él. Pero el dedo, a pesar del encierro y el secreto con el que es herméticamente guardado, se las ingenia para señalar, acusar, gritar. Chirimena (bueno, la Chirimena ficticia de esta historia, ya nos lo advierte explícitamente el propio autor) es un paraíso que se trastoca en purgatorio y luego en infierno: se alborotan los demonios que rondan ese dedo, que saben del dedo, que no les interesa que nadie más sepa ni se ponga a averiguar sobre ese dedo.

Y entre la fauna de ese infierno hay demonios que son unos pobres diablos del montón, hay otros que son puro ruido y pura pinta, y hay otros que son peligrosos de verdad, de los que prefieren antes la sonrisa y el trato afable, de los que se visten con sus trajes de cordero pero cuando la cosa se pone oscura pisan duro, muerden, cortan y disparan. Ojalá Teseo, en medio del laberinto a escala en el que se ha metido, sepa encontrar el hilo que lo llevará de vuelta con su Ariadna personal: Mariana, de la raza insoportable de las mujeres hermosas y calladas.

El dedo de David Lynch es una obra fabulosa que sabe mezclar en su justa proporción la locura con el sentido del humor, la paranoia con la ironía, la ficción con un retrato descarnado de esa Venezuela de hoy plagada de lobos y de tontos malignos; también es una novela que sabe combinar las frases cortas, precisas y filosas con el alto vuelo lírico, la cotidianidad más rutinaria con la extrañeza perturbadora. Es un delicioso descenso a los infiernos que lo único que pide al lector es dejarse arrastrar suavemente, en caída libre y sin red de contención, hacia las capas profundas y ocultas del paraíso.


Fedosy Santaella, El dedo de David Lynch, Editorial Pre-Textos, 2015, 272 páginas.

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