Un testimonio del silencio. A propósito de “El infierno de los jemeres rojos”, de Denise Affonço

Por Gabriel Payares—


Hay veces en que a los pueblos les da por suicidarse. Y lo hacen cavando en su propia raíz, detrás de los espejismos de un pasado glorioso, de una pureza imaginaria que puede asumir distintos significantes: raciales, folklóricos, lingüísticos o de clase, cuando no perversas combinaciones de ellos. Y aunque al principio sean los otros quienes paguen el precio de estas tabulas rasas, los chivos expiatorios en quienes recae siempre el rol de antagonistas históricos, de enemigos del pueblo o cualquier otro epíteto que allane el camino hacia el pogromo, lo cierto es que los propios verdugos no están exentos del filo de la guadaña.

Esto resulta particularmente cierto en lo que atañe al genocidio camboyano, catalogado por muchos como una suerte de autogenocidio, al ser los perpetradores de la misma etnia jemer que la mayoría de los asesinados en masa. Un cuarto de la población camboyana, unos dos millones de personas, encontró su miserable final en campos de trabajos forzosos, víctimas del hambre, la enfermedad y el exterminio selectivo, durante los cuatro años (1975-1979) que duró el régimen de terror de Saloth Sar, alias Pol Pot, y sus implacables Jemeres Rojos.

La ruralización forzosa de las ciudades, el cierre de las escuelas y universidades, el exterminio de quienes supieran hablar idiomas extranjeros o hubieran formado parte del antiguo gobierno, de sus fuerzas militares o del orden público, e incluso de quienes simplemente tuvieran una formación intelectual, han sido aspectos muy denunciados de la denominada Kampuchea Democrática. Con ese nombre rebautizaron los Jemeres Rojos al Reino de Camboya, para alejarlo simbólicamente del gobierno previo y de su historia de tutelaje por parte de las potencias coloniales de Occidente.

Pero a pesar de la existencia de documentos de la época, como el libro testimonial El infierno de los Jemeres Rojos (2010) de Denise Affonço o el filme First they Killed my Father (2017) —dirigida y producida por Angelina Jolie e inspirada en la infancia de la superviviente y activista camboyana Loung Ung—, el genocidio camboyano no ocupa un lugar tan predominante en el imaginario político contemporáneo, como sí lo hace el perpetrado treinta años antes por el nazismo.

Las razones de ello pueden ser muchas, pero sin duda la que interesa a Affonço en su libro es el doble rasero con que la izquierda internacional abordó en su momento la tragedia, temiendo que las barbaridades de Pol Pot desprestigiaran al comunismo internacional en un punto álgido de la Guerra Fría. Se dijo que las atrocidades relatadas por el ejército vietnamita que derrocó a los Jemeres Rojos no eran más que propaganda Soviética, dado que el régimen camboyano se adscribía al maoísmo y contaba con el apoyo de China, enemistada con la URSS en aquellos días. Del otro lado del muro, paradójicamente, el apoyo hacia las víctimas también manifestó sus reservas: el agradecimiento camboyano hacia el ejército vietnamita echaba sal en la llaga del orgullo patrio estadounidense, herido tras su derrota en el país de Ho Chi Minh, y muchos optaron por hacer caso omiso del incómodo testimonio de los camboyanos. De hecho, habría que esperar hasta la década del 90 para presenciar el fin de los Jemeres Rojos, convertidos entonces en improbables guerrilleros antisoviéticos, financiados por China y por los mismos Estados Unidos, y para el inicio de los juicios públicos a sus cabecillas, ocurridos tras la muerte de Pol Pot en 1998.

Sumergida en ese limbo político, la Camboya de Affonço languidecía a la espera de algún acto de reparación. Como había sido oficinista en Nom Pen antes de la tragedia, se le pidió que redactara su testimonio, como prueba para el juicio todavía futuro, y es eso lo que figura, en una versión corregida y sincerada, en esta edición. Allí lo relata todo con abierta franqueza, sin ahorrarse detalles respecto a la superficial militancia comunista de su esposo, víctima temprana de los asesinatos selectivos del régimen, o sobre la invitación que recibiera a publicar su testimonio en Europa, siempre y cuando omitiera ciertas partes comprometedoras.

Visto así, el testimonio de Affonço es mucho más valioso en su denuncia de esta desafortunada coyuntura política, que por los detalles escabrosos que brinda del régimen de Pol Pot. No porque dejen de ser aterradores: una experiencia de la crueldad comparable únicamente a los relatos de Auschwitz, sino porque están demasiado impregnados del dolor y la indignación de la autora para resultar una crónica eficiente. La prosa es repetitiva, repleta de adelantos efectistas y falsos suspensos que constituyen, más que nada, un indicio del gran esfuerzo por revivir tan trágicas vivencias, termina por subrayar elementos obvios del relato, por encauzarlos moralmente, cuando convendría muchísimo más la experiencia desnuda de los aterradores sucesos. ¿Hace falta, por ejemplo, etiquetar de “monstruos” constantemente a quienes idearon un sistema para triturar los esqueletos de sus víctimas y emplearlos como abono en el cultivo?

Estos detalles se habrían subsanado, tal vez, con un trabajo editorial más acucioso y una corrección menos respetuosa del original, aunque ello pueda dar pie en estos casos a un controvertido debate en torno a la ética editorial. Pero convendría, en todo caso, detenerse a pensar en qué enfoque conviene más a un testimonio como éste y qué es lo realmente vigente de su contenido en el mundo de hoy. Son preguntas que bien vale hacernos como lectores, y que pueden hacer del testimonio de Affonço bastante más que un mero recuento de las penurias sufridas.

El infierno de los jemeres rojos


Denise Affonço, El infierno de los Jemeres Rojos, Trad: Daniel Gascón, Libros del Asteroide, 2010, 256 páginas.

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