Más allá de ciertas nostalgias marcianas

Por Gabriel Payares—


“Siempre había una minoría que tenía miedo de algo,
y una gran mayoría que tenía miedo de la oscuridad,
miedo del futuro, miedo del presente, miedo de ellos
mismos y de las sombras de ellos mismos.”

Ray Bradbury
Crónicas marcianas

Hay quien dice que presenciamos en nuestros días el triunfo de la Ciencia Ficción en su lucha por reivindicarse como un género narrativo de importancia. La evidencia de dicha victoria radicaría en la vasta popularidad de su imaginario, alguna vez confinado a revistas juveniles de papel reciclado y títulos sensacionalistas, a grado tal de no hacerse ya indispensable la etiqueta “Ciencia Ficción” en la clasificación temática de ciertos filmes y relatos, prefiriendo en su lugar descriptores más específicos del tenor emocional como “aventuras”, “acción” o “romance”. Paradójicamente, esa normalización del género ratificaría su silenciosa conquista del futuro, cada vez más cercano a lo real en virtud de las violentas transformaciones en nuestro estilo de vida que justamente impusieron la ciencia y la tecnología a partir de las últimas décadas del siglo XX.

En el caso de la miniserie Mars (National Geographic, 2016), transmitida recientemente por la cadena de televisión en línea Netflix, este principio pareciera estar perfectamente ilustrado. La legendaria aspiración de una colonia humana en el planeta Marte, que tan tristes relatos inspirara a Ray Bradbury, está puesta aquí al servicio de lo documental, cuando no de lo eminentemente propagandístico. En un come-and-go entre presente y ficción, representados en los años 2016 y 2033 (hasta 2037), la miniserie explora los pormenores del principal objetivo de Space X, la empresa creada en 2002 por Elon Musk para hacer realidad los vuelos comerciales al espacio y, sobre todo, al planeta rojo. Y lo hace asumiéndose como una versión del libro How we’ll live on Mars (2015) de Stephen Petranek.

La serie combina las peripecias de una primera misión humana a Marte, cuyo cometido es fundar un asentamiento permanente, con entrevistas in character a sus protagonistas y detalles sobre la burocracia de la misión, a la vez que entrevistas reales a científicos especialistas en la materia, astrónomos, escritores, y también ingenieros y trabajadores del programa espacial de la corporación de Musk. Allí se narran las dificultades reales, presentes y venideras, de una misión como la planteada ficcionalmente, haciendo énfasis en las apuestas de Space X respecto a la innovación astronáutica, como cohetes reusables que despeguen y aterricen de pie, y otras cuestiones que se encuentran actualmente bajo desarrollo. La articulación de estos dos escenarios en una experiencia audiovisual de cuarenta y siete minutos no deja de ser entretenida, aunque a veces se incline peligrosamente hacia alguno de sus dos costados, como un trapecista en la cuerda floja de la ficción.

En ese sentido, la nostalgia por el programa espacial de la NASA, cuyo abandono al término de la Guerra Fría se relata conteniendo a duras penas el orgullo nacionalista, aparece bajo la premisa más o menos explícita de que Space X habría de revivirlo. Añoranzas que se parecieran corresponder con  el revanchismo trumpista y la tácita consigna de “Make NASA Great Again”, en abierto contraste con la tripulación racial y culturalmente diversa que estelariza el relato futurista. Nigeria, España, Francia, Rusia y Estados Unidos toman parte en la misión a Marte, que incluso está dirigida por dos gemelas de origen surcoreano: una a cargo de la colonia y la otra de la base terrestre. Todo políticamente correcto, a salvo de la mayoría de los clichés norteamericanos esperables sobre las culturas extranjeras, y a contramarcha de las declaraciones de Elon Musk en 2016, cuando anunció en el Congreso Internacional de Astronáutica que contrataría únicamente personal estadounidense pues su proyecto involucra “tecnología armamentística avanzada”.

La miniserie, no obstante, gana cierto vuelo cuando se adentra en la subjetividad de los personajes, cosa que no siempre tiene tiempo de hacer, a medida que cumple con los lugares comunes de todo relato comercial de exploración espacial: incluido el capitán estadounidense que elige la muerte a cambio de poner a salvo al resto del grupo. Pero la secuencia onírica de su muerte, a decir verdad, contiene una pincelada de poesía que la engrandece. Habrá que esperar que una segunda temporada, ya confirmada y en producción, ratifique si hay más ideas detrás del guion de Mars que la promoción de Space X y sus arriesgados emprendimientos tecnológicos, y si hay tesoros ocultos en Marte o simplemente la nostalgia de una gran guerra por ganar.


Mars, National Geographic, Estados Unidos, 2016, 6 capítulos. Trailer oficial

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