“Lift your skinny fists like antennas to heaven”, de Godspeed You! Black Emperor

Por Benjamín Carabajal—


Hay gente que critica todo el tiempo. Gente que tiene la habilidad fabulosa de encontrar ideas nuevas en cada película que ve y en cada libro que lee. Algunos les dicen: “¡Tenés que criticar menos y disfrutar más!” (como si criticar estuviese peleado con el placer, como si señalar algo que no gusta fuese sinónimo de obviar lo que sí gusta). A mí me interesa conocer la opinión de estos críticos porque entiendo que, a pesar de objetar muchas cosas, siempre hay algo que admiran sin poder contenerse: una novela casi perfecta, una película emotiva, un cuadro insuperado. O un álbum musical.

Yo no sé si pertenezco a esa gente que acabo de describir. Me parece que no (no estoy seguro). Solo sé que, en una época de la vida, recomendaba películas a todo el mundo. A mi amigo más querido solía decirle: “Mirá esta peli, está muy buena”. “Igual”, me atajaba, “no te va a volar la cabeza”. Y esa última frase se volvió una muletilla. Un día nos reímos y preguntamos: ¿qué cosas sí nos hacen “volar la cabeza”? Nos quedamos un poco cortos con las respuestas. Algo de Tarantino, quizás. Algún guion de Charlie Kaufman.

En cambio, con la música no tengo dudas: tengo un álbum favorito, de la banda Godspeed You! Black Emperor, y es de eso que voy a hablar hoy. Esto no significa que sea inalcanzable: hay otros nombres que me hacen derretir y decir que sí a todo (como Pink Floyd, Radiohead, Sufjan Stevens, Burial, Arcade Fire). Todos están cerca y amenazan con quitarle el primer puesto.

Pero, ¿qué es Godspeed You! Black Emperor? Pues una banda canadiense sobre la que no se sabe mucho. Sus integrantes no viven ocultos ni se ponen cascos para evitar la prensa: es solo que hablan muy de vez en cuando. Son nueve, aunque a lo largo de los años fueron cambiando, yendo y viniendo. No hay un líder o vocero. Los instrumentos que usan son los habituales del rock (guitarra, bajo, batería), más violines, chelos, cornos y gaitas. Tampoco hay cantantes: las únicas voces que se escuchan son grabaciones de la calle. Sin embargo, pese a que prácticamente toda su música es instrumental, tiene una impronta política fuerte y sus mensajes quedan claros sin necesidad de palabras.

La banda todavía existe. Hace unos días, en septiembre de 2017, sacaron su sexto álbum,  Luciferian towers, cuyos temas tienen títulos como “Colgar a los jefes” e “Himno contra el Estado”. Para un grupo que habla sobre temas preocupantes, como el complejo industrial-militar de EE.UU., las intifadas en Israel y la discriminación contra los inmigrantes, llama mucho la atención que su música siempre suene tan triunfal. Quizás están intentando decirnos: “Sí, sabemos que el mundo es un lugar horrible ahora, pero el arte existe por algo y queremos recordárselo”.

Y con ese espíritu de triunfo arranca, entonces, mi álbum favorito: Lift your skinny fists like antennas to heaven (que, por cierto, salió hace ya 17 años). Si consigo que escuches tan solo los primeros minutos del primer tema, “Storm”, consideraré que cumplí mi misión. Los músicos se van a encargar del resto.

“Storm” es puro gozo, un crescendo muy poco sutil que despega con guitarra y vientos y finaliza con toda la “orquesta” a pleno. Me recuerda un poco al Bolero de Maurice Ravel, pero tocado con instrumentos de rock. Poco después del minuto 3 entra la percusión y, de ahí en más, durante un tercio de hora, la melodía crece y se modifica lentamente hasta envolvernos con su alboroto. Y, para ser un tema tan luminoso, termina de forma rara: hay un silencio, luego escuchamos una grabación de la calle (la primera del álbum), una voz en español que advierte a los clientes de un mercado que rechacen a cualquier indigente que intente limpiar las ventanas o poner nafta a su auto. Y que por favor llamen a la policía para detenerlos. La voz se repite en inglés, y la grabación se pierde entre unos pianos sin una pizca de esperanza. La alegría del álbum ya está tocando su fin.

Efectivamente, el segundo tema es el más desolador de todos. Los minutos iniciales de “Static” se llaman “terribles cañones de estática” (así figura en la versión física del disco) y el sonido zumbante y agudo que escuchamos nos sumerge con precisión en esos cañones. Pero lo peor está por venir: hay otro sample, esta vez de una predicadora que está totalmente poseída por su propio discurso. Habla sobre encontrar a la divinidad: “cuando veas la cara de Dios vas a morir”, grita, “y no va a quedar nada de vos, excepto el Dios-hombre, el Dios-mujer, el hombre celestial, la mujer celestial… Todo esto es un sueño. El sueño de la muerte”. El sample no es una recreación de la banda Gospeed -es solo algo hallado en labios de una mujer anónima-, pero ellos saben mezclar esta voz terrible con un violín pálido, desalmado, que parece la música con la que te recibirían en el Purgatorio.

Así termina la primera mitad del disco. La segunda tiene otra grabación, la de un anciano muy amable que recuerda la niñez: “solía dormir en la playa”, murmura tímidamente, “y no sufría ningún peligro. Pero las cosas cambian. Ya nadie duerme en esa playa”, concluye al borde del llanto. Si “Storm” representaba la esperanza y “Static”, la angustia, este tercer tema, “Sleep”, es pura melancolía. Por momentos parece una copia del principio del álbum, pero al rato aparecen guitarras muy distorsionadas y pedazos de baterías explosivas. A pesar de su gran elegancia, la banda nunca deja que nos sintamos del todo cómodos en sus largas composiciones.

El disco hace otro giro inesperado en el último track, “Antennas to heaven”. Este es el más abstracto de todos. Durante sus casi 19 minutos escuchamos una canción del género country, unos niños que hablan en francés y una sección caótica llamada, de forma misteriosa, “Ella soñó que era un bulldozer, ella soñó que estaba sola en un campo vacío”. Y el final es un largo ascenso, lleno de voces ahogadas, como si estuviéramos volviendo de la muerte de la que tanto se hablaba antes y estuviéramos reencarnando en otra cosa, algo que asoma los oídos desde la tierra mientras suenan las últimas notas de optimismo.

Tardé meses en escuchar el disco completo. Si te pasa lo mismo, te entiendo. Pero sinceramente espero que algún día tengas el placer de conocerlo hasta el final. El mundo es un lugar horrible, pero vibra con otros ojos cuando alguien reproduce este álbum.


Godspeed You! Black Emperor, Lift your skinny fists like antennas to heaven, Constellation records, Kranky y P-Vine Records, 2000.

 

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