“El final de la imaginación”, de Arundhati Roy

Por Manuel Iris—


“Trump advierte que responderá con “fuego y
furia” si Pyongyang amenaza a EE.UU. con
armas nucleares y Pyongyang dice que
estudia atacar Guam…”

Redacción, BBC Mundo. 7 de Agosto, 2017

Nunca me ha puesto tan triste decir que un libro publicado hace casi una década ha vuelto de pronto a ser no solamente relevante sino necesario. Me encantaría, y estoy seguro de que igual le encantaría a la autora misma, que fuera un libro envejecido y obsoleto. Pero es un texto urgente, honesto y desesperado que habla de la escalada del armamento nuclear en manos de cada vez más países en el mundo. Del terrible hecho de que una sola de esas bombas sea capaz de acabar con la vida como la conocemos, y tal vez con la vida a secas, y de que cada vez existan más de ellas. Vivimos, todos los humanos, al borde de nuestra extensión casi instantánea gracias a nuestros propios gobiernos, que parecen necesitar la posibilidad de extinguirlo todo para poder defender sus fronteras, incluso en tiempo de paz.

El final de la imaginación es un breve ensayo publicado en julio de 1998 cuando la autora, luego de una gira mundial en la que estuvo presentado su celebrada novela El dios de las pequeñas cosas, regresa a su India natal para encontrarla sumergida en un ambiente de nacionalismo exaltado. Como es natural en esa clase de momentos históricos —cuando un evidente hedor a fascismo puede sentirse en el aire— la retórica del gobierno justifica e incluso glorifica el uso de la violencia o, en el caso de las armas nucleares, su posibilidad. En 1998 la India celebraba su ascenso a la élite de las potencias nucleares, y además ejercía su poder realizando pruebas de estas bombas en terrenos desérticos cercanos a la frontera con Paquistán, en abierta provocación.

La prosa de la Arundathi Roy es, incluso en traducción, conmovedora. Las cosas que dice son resultado de una inteligencia elocuente y una clara convicción por la vida, por la humanidad:

Nada puede haber más humillante para un escritor de ficción que tener que volver a exponer un argumento que otras personas ya han expuesto a lo largo de los años, en otras partes del mundo,  y de manera apasionada, elocuente y erudita.

Estoy dispuesta a arrastrarme, a humillarme abyectamente, porque en estas circunstancias el silencio sería insostenible. De modo que digo a todos los que no queráis callar: cojamos nuestras partes, pongámonos los vestidos que ya habíamos desechado e interpretemos nuestros papeles en esta triste obra de segunda mano.  Pero no olvidemos que lo que está en juego es descomunal. Nuestro cansancio y nuestra vergüenza podrían significar nuestro fin. El fin de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos. De todo aquello que amamos. Tenemos que buscar en lo más íntimo de nuestro ser y  encontrar la fuerza para pensar, para luchar.

                                                                                                                  (11-12)

Casi una década ha pasado luego de haberse publicado El final de la imaginación y, frente a las constantes amenazas que se hacen los gobiernos actuales de Corea del Norte y los Estados Unidos, los lamentos y llamados de urgencia de Arundhati Roy son, creo que ahora incluso más que en 1998, actuales. Tal vez estemos al borde de una Guerra nuclear y eso significa al borde de nuestro propio fin. Frente a este predicamento, todos los otros pasan a segundo plano. Es urgente actuar y entender que las guerras nucleares no se lanzan contra otro país, sino contra el planeta. Por ello, en tanto que somos seres que comparten con otros la tierra, debemos acabar con la posibilidad de que la misma sea completamente envenenada:

¡Ojalá la Guerra nuclear fuera la clase de Guerra en la que países luchan contra países y hombres luchan contra hombres! Pero no lo es. Si hay una guerra nuclear, nuestro enemigo no será China o Estados Unidos, ni tampoco Paquistán (o la India). Nuestro enemigo será la propia tierra. Los propios elementos—el cielo, el aire, la tierra, el viento y el agua—se volverán contra nosotros. Su cólera será terrible.

(…)

Cuando todo lo que sea capaz de arder haya ardido y el fuego se apague, se elevará el humo que ocultará el sol. La tierra quedará envuelta en la oscuridad. No existirá el día. Sólo una noche interminable. La temperatura caerá por debajo del punto de congelación y reinará el invierno nuclear. El agua se convertirá en hielo tóxico.

(14)

La lectura de este libro ayuda al lector a entender que la fuerza destructiva de una bomba nuclear nos afecta incluso si la bomba no es detonada. La sola existencia de ese espantoso aparato basta para sumirnos en el miedo de estar viviendo una existencia que nos han regalado quienes pueden detonarla: no somos dueños de nuestra vida ni de nuestra muerte. Gracias a la bomba los gobiernos de la élite nuclear han logrado apoderarse de la posibilidad del futuro, de cualquier futuro. Pueden aniquilar el tiempo. Pero no pueden hacerlo sin borrarse igualmente del planeta, sin arrasarse a sí mismos.

La única cosa buena de la guerra nuclear es que es una idea más igualitaria que cualquiera de las que haya podido tener el hombre. El día del ajuste de cuentas, no nos preguntaran quienes somos. La devastación será indiscriminada. La bomba no está en nuestro patio trasero. Está en nuestro cuerpo. Y en nuestra mente. Nadie, ningún gobierno, ningún ser humano, ningún dios, tiene derecho a ponerla ahí.

(22)

Para Arundhati Roy, el hecho de que países que no pueden educar, alimentar, garantizar trabajo o proveer servicios de salud para todos sus habitantes posean una bomba atómica es el colmo de una traición cometida por los gobiernos del mundo contra sus pueblos. Es la prueba más clara de que las democracias han fallado:

No importa cuántos premios les demos a nuestros científicos, cuántas medallas nos colguemos en el pecho, lo cierto es que es mucho más fácil fabricar una bomba que educar trescientos millones de personas.

(…)

¿Es posible que un hombre que no sabe ni escribir su propio nombre alcance a comprender siquiera los hechos más básicos y elementales de la naturaleza de las armas nucleares? ¿Le ha dicho alguien que la guerra nuclear no tiene nada que ver con el concepto que él aprendió de la guerra? Nada que ver con el honor, nada que ver con el orgullo. ¿Se ha molestado alguien en explicarle qué son las ondas térmicas, la lluvia radioactiva o el invierno nuclear? ¿Existen siquiera palabras en su idioma para describir los conceptos de uranio enriquecido, material fisible y masa crítica? ¿O se ha vuelto obsoleto su propio idioma?

(55-56)

A menos de que sea una de las poquísimas personas capaces de decidir el futuro de la humanidad, el lector de El final de la imaginación es el protagonista mismo del ensayo: uno de los millones de personas que viven en el peligro de que, en un momento de ego y estupidez descomunales, los que tienen el poder de hacerlo desencadenen la guerra nuclear, y con ella nuestra definitiva y compartida tragedia.

No me parece exagerado decir que hay que leer este libro urgentemente y hacer lo posible por que deje de ser actual, por convertirlo en testimonio de una época olvidada. Esta reseña es en realidad una llamada de auxilio y una invitación a solidarizarnos con todos los seres humanos que no desean extinguirse. Hay que levantar la voz frente a la poderosa estupidez que puede ser el origen de nuestro final. Quizá la lectura de este libro sea un buen primer paso.


Arundhati Roy, El final de la imaginación, Trad: Francesc Roca, Anagrama, 1998, 64 páginas.

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